sábado, marzo 14, 2009
algun día vamos a aprender a escribir en cursiva
de silencio arrítimico
fuimos lo que dictaminó
todo aquello que dejamos pasar
(lo que no nos dejamos
morir en eternidades
nacidas del primer estertor)
jueves, marzo 12, 2009
naufragio
aquellos que navegan
en derredor de la esperanza"
pero esta vez
al navegante
lo agarró
un tsunami
y le puso la balsa
patas para arriba.
resulta difícil
despertarse naúfrago
en tierras
de la resignación.
dos
en una avenida
conocida de memoria
dos piernas
por la memoria conocidas
apagando el sentido
recuerdo inventado
de a poco
en remiendos mal hechos
nombrarte ausencia
quimera innata
rendija de la nada.
martes, marzo 03, 2009
Humano
y libros
y museos imaginados
cultura
y miedos
poemas a medias
decepciones
y espejos que nos mintieron
revistas
y críticas
billetes
amigos
besos
lluvias
soledades
botellas
y vino compartido
y hojitas de afeitar gastadas
y barbas
pelo
semen
cartas
años
dolores
pretensiones
de omnipotencia
omnisciencia
y verbos.
hacemos un gran inventario
de lo que somos
y todavía
no sabemos
mirarnos a los ojos
sin sintaxis
recuperar
el cielo
que fue la primera
mano que nos rozó
sabernos
sin canciones
que nos describan
de mentira
hacemos un gran inventario
de lo que somos
y todavía no sabemos
decirnos
sin nombrarnos
saltear la distancia
entre dos te quiero.
sábado, febrero 07, 2009
martes, febrero 03, 2009
veinte
guardamos el tiempo
en los cajones
jugamos al deseo
hasta rompernos los nudillos
y la sangre fue
plena ausencia
tomamos mil botellas
con etiquetas que prometían
el olvido
o el perdón del final del vino
buscamos a tientas
lo perdido
lo que sabíamos
inhallable:
un rosario de adolescentes
bailando una ronda infinita
viernes, diciembre 26, 2008
feísimo
pero que sienta en cada grieta
o porosidad onírica
y rascarla hasta disolver
todo su presente
la absoluta estupefacción
la ceméntica inmovilidad
mimarla hasta que grite:
VERDAD!
y se canse
y me muera la mano
y entonces estar dentro
pasado
vida
pared dislocada
grieta mía
tu
silencio
martes, diciembre 16, 2008
cena
dan los aires
la hora
en que las casas gotean
en que las puertas nostalgian
antiguos atravesadores
y todo está
tan triste
tan sobrellorado
los hijos juegan jueguitos
en que juegan a jugar
los padres juegan jueguitos
en que juegan a besar
- y la comida hierve
en el fuego-
-y se come lo que
hirvió
horas antes
bajo almidonadas sábanas-
miércoles, diciembre 03, 2008
Candombe imaginando a Malena Muyala
el repique del tambor,
yerba vieja olvidada
en pretéritas sábanas
tristeza oriental
de murga cansada
llorando un río
de orillas barrosas
bufón borracho
de ginebra rancia,
careta de carnaval
mordida por los perros
un nombre llorado
de tango y candombe
Zitarrosa entre el humo
de dos Gitanes
Gardel y Cabrera
mojándose los pies
en la sangre de tu voz.
tango
como si una puñalada
de tu pasado
pudiera
clavarse entre mis ojos
-y dejarlos mirando
inmóviles
un monitor apagado-
IV
dentro y fuera
lo que penetra
y separa
un instante dual:
la humana contradicción
envuelta en sábanas rojas.
III
quién habita mis manos
cuando desnudan el silencio?
quién bebe de mi miedo?
quién derrama mi sangre
sobre el cuerpo-poema?
I
y descubrir que todo era una mentira
tan solo la farsa de un títere
que ahora cae quebrado al agua
II
diciendo hete aquí una metáfora
y alguien va a querer saber
de quién es esta máscara gastada
comienzo
un inventario mojado
orgasmos viejos con una
canción de Haden y Barron
mera exageración anclada
en el deseo de posteridad
miércoles, noviembre 19, 2008
Va
por entre las junturas,
hay algo detrás de la
calle sin salida,
algo se rompe
en las paralelas,
hay siempre un
resultante de la fricción
-y no digo algo más
o menos flácido-
algo se pudre en
los hormigueros,
algo se pierde
más allá de las aristas,
algo quiebra sin aviso
el punto de fuga.
Ahora:
poesía, basura, o grito
música, agua, o tu hermana
arte, vacío, o lamento
tango, orgasmo, u olvido.
Fijate vos.
martes, noviembre 18, 2008
Aquello (relato)
El sol había estado particularmente violento ese día, las baldosas todavía hervían y derretían las suelas de las alpargatas. Un polvo fino golpeaba el aire en arremetidas constantes. Todo parecía a punto de arder, revuelto, preso de un ímpetu extraño y casi maldito, pero a la vez una extrema levedad gobernaba las cosas, volviéndolas casi imperceptibles.
Húmedo, esa era la palabra, todo estaba húmedo, pero húmedo como de vino pesado. Húmedo, pero no esa humedad mansa de pueblo a la hora de la siesta, esa humedad de quietud, que se deja moldear en fichas de dominó. Húmedo como de ciudad a la hora que los obreros salen del trabajo, como el aire en el que se funden las frituras y el humo de los colectivos bonaerenses. Húmedo y violento, apurado, como si nada pudiera esperar, como si se debiera correr ya mismo hacia ningún lado.
Pero nadie corría, porque no había nadie que pudiera correr, porque no había nadie; y sobre todo porque lo de hacia ningún lado por lo general tiene carácter de metáfora, pero en este caso parece casi exacto: no había lugar donde correr.
No suele haber muchos lugares donde correr, y mucho menos donde esconderse en un pueblo de cuarenta habitantes. Dos cuadras para acá y hete aquí que está la vía muerta de un tren que nadie recuerda haber visto. Aunque el viejo Justo dice haberlo escuchado cuando tenía unos siete años, desde el jardín de su casa. Una cuadra más allá y una ruta por la que pasan unos veinte autos por día sin siquiera percatarse de la existencia de San Tramo. Más para allá la infinitud de la pampa, un eterno horizonte.
Permítaseme hacer un pequeño paréntesis para hablar un poco acerca del viejo Justo, por supuesto sin perder de vista el meollo de la historia. Con la muerte de su tío Benito en 1996 Don Justo pasó a ser el hombre más viejo del pueblo. Actualmente tiene ochenta y seis años, y sigue viviendo en la misma casa donde pasó su infancia. La misma casa blanca de persianas verdes, con el mismo pequeño jardincito adelante (en el que sigue en pie el mismo sauce que ya casi tapa la puerta) y el mismo enorme jardín trasero lleno de naranjos e higueras. Ya está medio sordo, pero dice que cuando escuchó el tren no, que lo escuchó clarito, como un trueno largo en el medio de una perfecta tarde de verano. También dice que fue el verano más caluroso de todos los que haya pasado en San Tramo, y eso que los veranos acá son como un preludio del infierno. Igualmente esto último no hay que creérselo demasiado, aunque sirve de aderezo perfecto para la historia, repetida desde hace veinte años ininterrumpidamente en todos los asados del pueblo, esos en los que se reúnen todos sus habitantes para un almuerzo de domingo multitudinario. Antes Don Justo era el asador, pero ya hace un par de años que se encarga un tipo de unos treinta años, que labura en una estación de servicio como a unos cincuenta kilómetros de acá, y que le dicen Charly pero se llama Fabián. Ahora Don Justo lo único que hace es sentarse al lado de la damajuana y pedirle a su hija que le sirva cada tanto un vasito, porque ni fuerza para servirse él mismo tiene ya. Cosa que no le impide mamarse de lo lindo, porque ya les digo que entre vasito y vasito se debe tomar como tres cuartos de damajuana por asado. Por suerte los asados son cada un mes o dos más o menos, que sino ya habría espichado hace rato.
Como decía, era un tarde noche bastante rara para San tramo, ante todo por esa violencia del aire que encubría las cosas y que, ayudada por la humedad que acrecentaba el carácter violento de la tarde, había hecho que nadie se diera cuenta que las siete de la tarde habían llegado ya, escondidas detrás de los marcos de los relojes.
Nadie andaba por las calles, sin embargo los ojos que miraban por las ventanas, sobre todo los de la hija de Emilia (esa que se había vuelto medio loca por un tipo que se había aparecido con un auto, y que después de acostarse con ella, se había pegado la vuelta para la ciudad), ya estaban acostumbrados a esa nada, a perseguir, en lugar de figuras, al polvo, a las piedritas que se movían, y cada tanto, en esos días de suerte, el vuelo de un pájaro perdido en el calor abrasivo. Sus ojos ya podían ver el viento, pero no como causa de un efecto determinado observable en otro objeto, sino al viento en sí mismo, en toda su tierna bestialidad.
Así andaban las cosas por el pueblo ese veinte de diciembre, así de raras, de ajenas, de agitadamente extrañas. Algo estaba mal, algo perturbaba a casi todos, algo en ese híbrido entre la pesadez, la calma de siempre, las siete de la tarde, la violencia, y la desconcertante velocidad del día, tenía al pueblo entero alerta, expectante. Se percibía en la cantidad de caras asomadas a las ventanas esperando que algo pase, muchas más que las de costumbre, y con otras expresiones, con ademanes nuevos, muy diferentes a los hombros caídos y la mirada perdida, adiestrada. Ahora la manos se movían nerviosamente, algunos pies golpeaban el piso, alguien se comía las uñas, otro fumaba infinitos cigarrillos apagándolos por la mitad. El mate se cebaba sin parar, y algunos ni siquiera miraban la bombilla para embocarla en la boca, corriendo el riesgo tan conocido de pasar un papelón al metérsela en un ojo. La cerveza terminaba por calentarse en los vasos. En las terrazas no se oía hablar.
Todo parecía estar suspendido, colgando, columpiándose tristemente entre las siete de la tarde, y el sol anteriormente abrasador, flotando sobre la guerra desatada entre la idiosincrasia de San Tramo y el carácter esencialmente irritable del día. Todos estaban a la espera de que algo sucediera. Nadie sabía qué, pero algo tenía que pasar, eso era insoslayable.
Yo me había levantado cerca del mediodía y había almorzado totalmente a oscuras. Salí alrededor de las dos de la tarde a la puerta para fumar un cigarrillo y, recién apagado el cigarrillo pude oler el aire. Ese aire cargado, ese aire de verano que siempre costaba respirar, parecía más espeso aún, como si en lugar de aire fuera un humo transparente. Al viento se lo veía más rebelde que nunca, casi estúpido en su constante ir, en su eterna insistencia.
En el mismo momento en que salí a la puerta y olí el aire, y vi el viento, y sentí la humedad sobre el cuerpo, y escuché la nada, supe que ese día, ese esquizofrénico día, iba a suceder aquello que jamás me atreveré a contarles.
tatoo
un poema
robado de una fiesta.
Borracho,
con polvo en las narices
con las metáforas
llenas de sexo con ropa
y un par de comparaciones
salidas del cenicero.
un poema
escrito sobre tu cuerpo
- y recitado
a sorbos
entre tus piernas-
sábado, noviembre 01, 2008
tajo
mudanza de sombras pesadas
como un verano sucio
de tías remendando
matrimonios
una poesía en la siesta rota
tabaco dulce parte el aire
en mitad de una lluvia vidriosa
dejarse mirar en un espejo muerto
roto
